Es cierto que supone para casi todo el mundo la mayor inversión de su vida, o mejor, “la inversión”. Con eso está todo dicho. Pero son casi ocho años dedicados a pagar la hipoteca, concretamente 7,6, sin otro desvío de dinero, sin otros pagos, sin otras necesidades a cubrir. Nuestro sueldo íntegro dedicado al ladrillo, bueno, matiz fundamental, a nuestro ladrillo, y para muchos, el sentido de la posesión bien merece un sacrificio, o muchos sacrificios durante casi ocho años. Ni comer, ni vacaciones, ni vestirse, ni una copita, caprichos abstenerse, sueldo medio íntegro para que el director del banco nos siga sonriendo al cruzarse con nosotros por la calle.
Unos lo dan por bueno, otros ni tan siquiera lo intentan, otros lo intentan y a mitad del camino, tienen a que tirar la toalla o mejor, ceder las llaves. Pero la mayoría lo consiguen. Datos para el optimismo: consultar el euribor y consolarse pensando que al comienzo de la crisis, madre de todas las crisis, eran necesarios casi catorce años para conseguir la propiedad, 13,7 años para poder decir: por fin eres mío, piso de mis entretelas o por fin eres mía, vivienda de mis amores. Ante la frialdad de los números unas gotas de cursilería nunca vienen mal.
Hasta la próxima que será la siguiente si la vida lo permite.
Ekíser









