Es el vivo retrato del viaje breve, casi efímero. Sus dimensiones suelen ser las justas para no robar espacio a la escalera y para oler de cerca qué colonia usa el vecino y percatarse sin rubor, que el vendedor puerta a puerta necesita un desodorante más efectivo.
Espejito, espejito, para el último toque al nudo de la corbata si se baja y calibrar nuestra resistencia a las llamadas urgentes de la naturaleza cuando se sube.
No conozco ningún restaurante que tenga mesas, o mesa, en un ascensor, pero si se utiliza como plató de televisión. el programa que allí se realiza es tan corto como el plano que permite la distancia. Las miradas en los ascensores son siempre hacia arriba o hacia abajo. No hay planos medios, y cuando los hay, llevan encadenados los más sutiles comentarios sobre meteorología.
Cápsula espacial para los más pequeños, caricia a hurtadillas de pareja antes de la cena con los padres, papelera enmoquetada para los folletos de publicidad que no nos interesan y cámara al vacío para escapar de la persecución del sonido del teléfono móvil.
Expositor perfecto donde el técnico deja huella y testimonio de su paso por el habitáculo y constancia exacta de que todos los engranajes, cables y automatismos funcionan a la perfección. Y la estadística les da la razón porque son casi inexistentes los accidentes con escenario ascensoril.
Collage anónimo de anónimos dibujantes, diestros en torpeza, que a falta de dotes artísticas se limitan a soflamas de marcado espíritu revanchista. Entre el portal y el sexto derriban gobiernos y excomulgan vicarios. Recinto vedado cuando la comunidad es reacia a sopesar la importancia de una mascota como vacuna contra la soledad, pretenden condenar a la del tercero a pena de escalón y lo único que consiguen es que mantenga una forma física envidiable.
Ascensores mirador y acristalados, espejo de la verdad, testigo mudo de cómo llegó la primera cana, entre calle y ático, cajón de sonrisas cuando las noticias son buenas y trámite eterno cuando el día fue aciago.
Se debieran grabar las conversaciones dentro de los ascensores. Sería un diario sonoro de vanidades, de frases sin más hilván que el del puro compromiso, sonrisas a ritmo de fluorescente que lleva parpadeando un mes sin que una mano caritativa le cambie el cebador.
Un ascensor es como la vida misma: subimos para bajar y bajamos para volver a subir. Ocurre con él como con las oportunidades: cuando más las necesitamos, alguien las retiene en la planta del garaje.
Por cierto, vecino, tu que te ganas la vida en el mundo de la técnica, dale al botón del cuarto, por favor. Y así no suelto las bolsas de la compra.










