Porque ya hemos llegado, si, ya estamos en los días más especiales del año y que cada uno escriba aquí sus motivaciones tan íntimas como variopintas.
Las hipotecas del alma sueltan amarras, los vecinos dejan de mirar al suelo en el ascensor para darse los buenos días. Papá Noel, Olentzero y los Reyes Magos coinciden en los tejados y se ayudan entre si para bajar por los balcones con el menor riesgo posible; los morosos de la comunidad piden una tregua para poder comprar una tableta de turrón del duro, mismo calibre que la vida que llevan muchos de ellos mientras el cartero comercial silba un villancico publicitario para que le abran la puerta y le hagan la ola. Y los que venden, compran, y los que compran, intercambian, y que los que ni lo uno ni lo otro, sonríen. Se quedan laminados los recuerdos del año que se va porque las ilusiones del año que entra hacen efecto apisonadora, las goteras del cuarto de contadores bailan la danza del chispazo con los cables de la luz mientras el buzón de los sueños se llena de esperanza, lo último que se pierde al estilo de una requisitoria de Hacienda.
Ya hemos llegado a los días donde los áticos son bajeras con vistas a la montaña y los trasteros camarotes de lujo en el crucero del barrio. Son los días más especiales del año, donde el dicho y el trecho se unen en un abrazo, del techo cuelgan guirnaldas y por las escaleras los peldaños juegan a ser rellano y el rellano se saca brillo porque quiere ser portal.









