No es una reflexión económica, ni tan siquiera inmobiliaria. Es una reflexión sobre la ética que nos hace declarar la tercera guerra mundial por cuestiones más que discutibles y que, a renglón seguido, nos convierte en el cubito catorce de nuestro congelador, incapaces de reaccionar, de mirarnos al espejo en solitario para asumir en silencio que estamos dando por buenas, cosas que hacemos mal.
Se ha pasado cuatro años solo y muerto, o debo escribir muerto y solo. Sin entrar a juzgar sus relaciones familiares, los vecinos lo fueron de un cadáver, de alguien que fue otro más “de la escalera”, con su buen o su mal carácter, alguien que compartió ascensor, trastero y reuniones de propietarios. Una extraña ley del silencio, un complaciente y anestésico: estará en otro sitio, o un lúgubre: como estaba enfermo… enfermo y muerto detrás de esa puerta por la que pasaron, posiblemente, cientos de veces todos los vecinos. Cuatro navidades, cuatro veranos, y la ironía masoquista de ser descubierto a causa de un desahucio. No se trata de meterse en casa ajena pero un: buenos días en el ascensor o en el portal sienta tan bien como el primer café de la mañana o la ducha que nos despabila. Cohabitamos sin coexistir, y cuando pasan estas cosas, nos consolamos pensando que en nuestra comunidad de vecinos nunca pasará eso… tal vez porque todos han pagado la hipoteca y no hay desahucios a la vista. Qué triste.









