Más de cuatro millones de personas viven solas en España, en Navarra aproximadamente unas 54.000. La soledad es una de las epidemias de nuestro tiempo y todas las técnicas inventadas, y las que vendrán y ni imaginamos, no son capaces de llenar ese hueco que nos impide reír o llorar en compañía real. De vez en cuando, menos mal, aparecen en los medios de comunicación el descubrimiento de personas que llevaban fallecidas meses cuando no años, sin que nadie se preocupara por su ausencia. Peaje de una sociedad que no tiempo para detenerse un instante e interesarse por el vecino.
Es cierto que existe asistencia en forma de teléfono o collar SOS que ayudan, fundamentalmente a personas de edad, cuando se complican las circunstancias. También hay voluntariado para visitas domiciliarias. Pero no siempre da tiempo de avisar y es entonces cuando la soledad habitual se enseñorea y se magnifica hasta alcanzar tintes dramáticos.
Los japoneses, con su habitual costumbre de poner un mecanismo a cada necesidad, acaban de inventar un sensor de movimiento en la vivienda que avisa a los vecinos de que el inquilino sigue vivo, es triste, pero a ese nivel hemos restringido nuestra convivencia vecinal. Se evita de esta manera, la inhumana experiencia de descubrir que el vecino del tercero falleció hace cuatro meses.
Los japoneses, que también cuidan su diccionario como sus mecanismos facilitadores de comodidades, han descrito esa situación como el KODOKUSHI, el temor de morir solo. Ningún invento podrá sustituir a una sonrisa humana, robots abstenerse, pero por lo menos, que los más cercanos sepan que me fui sin decir adiós no por ser discreto sino porque no pude despedirme.










