Casi podríamos decir, sin temor a exagerar, que es parte de nuestro territorio más común como profesionales inmobiliarios.
Los hemos visitado de todos los tamaños, situados en grandes avenidas o en estrechas callejuelas.
Enrejados, llenos de trastos, tendederos de ropa buscando un rayo de sol, como las buenas ideas.
Rincón descubre-chismes, cátedra del kuskuseo viperino, vigía de lo meteorológico y analista silente de las vidas que salen y entran de los portales, siempre allá abajo, formando parte del mismo edificio.
Secadero de embutidos como de sueños, que a veces comparten una misma mala digestión, durante años has sido el caballete donde colgar que esa vivienda se vendía, se alquilaba o que, extraigan sus propias conclusiones, estaba disponible.
Guía telefónica de un solo número, mástil de banderas sin himno para arriarlas, pancarta escrita con el pulso de las reivindicaciones que como su nombre indica, suelen ser peregrinas o quiméricas según la altura del balcón.
Solárium de gentes humildes, batallas de pinzas por desasirse de la cuerda antes de la cencellada heladora, testigo mudo sin derecho a voz cuando se enseñan todas las estancias de la casa y solo te adjudican como mérito… las vistas.
Los inmobiliarios sabemos mucho de tu sacrificada, pero imprescindible, historia. Una vivienda luce medalla cuando acredita tener un gran balcón.
Ahora, en estos tiempos, y aunque tus dimensiones sean reducidas, la sociedad te ha reconocido, por fin, tus otros méritos.
Te has vuelto, de repente, y sin renunciar a todo lo demás, en escenario de actuaciones musicales, en repartidor de homenajes en forma de aplausos, en introductor de saludos vecinales, pista de circo para entretener infantes, en punto de reunión porque tu altura, qué importan los niveles, es un antídoto temporal contra virus, porque en cada balcón hemos descubierto un reloj que marca la hora de la gratitud, del reconocimiento, de la crítica, del pataleo…de descubrir que al vecino, cuando le bautizaron, también le pusieron un nombre, como a ti.
Nunca dejarás de ser lo que fuiste y ojalá nunca olvides lo que has propiciado. Y como homenaje, ojalá los inmobiliarios nos vayamos olvidando de presentarte como balcón porque te has ganado el nombre de atalaya. Tiene más glamour, aunque siga diciendo: se vende, se alquila o… disponible…como una buena vecindad, como unas vistas al horizonte o como una bicicleta estática que sueña con participar en el tour de Francia mientras se va oxidando en la intemperie.










