La imagen es quien manda. Manda y nos seduce. Nunca como ahora se ha hecho realidad el que una imagen vale más que mil palabras. Y vamos a más. Si nuestros argumentos, sentimientos, críticas o viajes no tienen el soporte gráfico parecen huérfanos, faltos de carisma y casi de credibilidad. A un documento visual se le da la importancia de acta notarial, lo virtual se materializa, se hace real gracias a la nitidez y rotundidad de las imágenes.
La fotografía y en un escalafón superior, la televisión, se han hecho imprescindibles en nuestras vidas. A través de la pequeña pantalla el día a día se ha convertido en un set lleno de contrastes. Hay un programa para cada cosa, cada materia tiene su trayectoria en alta definición. Todo se ha hace, o parece, más sencillo, más fácil, rotundamente elemental como respirar o dormir.
Nos enseñan a comprar o vender pisos por televisión. Unas someras nociones, una sonrisa sin ortodoncia y a triunfar en el mundo inmobiliario. Los años y los estudios que son necesarios para ejercer de profesional del sector quedan reducidos a unos minutos televisivos, vamos, una serie de pocos capítulos con final feliz asegurado.
El problema es que la vida suele ser más dura que lo que un guión refleja. El mundo inmobiliario se configura como una red que si se destensa, se deshilacha o se rompe, nos lleva a una pantalla en negro. Y cambiar de canal nos puede costar muchos disgustos y mucho dinero. Con las cosas del comer el mando a distancia es un juguete peligroso a la par que inútil.
Hasta la próxima que será la siguiente si la vida lo permite.
Ekíser ,









