Este verano los termómetros se han empeñado en estresarnos más de la cuenta. Sofocos por doquier, taquicardias esquineras, agobios sin hora fija, la política y el termómetro han formado una extraña y preocupante pareja. Uno suele medir la temperatura exterior mientras la otra señala el grado de tensión social, si ambos tuvieran descendencia el nombre apropiado sería agotamiento con tendencia al aburrimiento.
Pero la vivienda sigue ahí. Mientras unos la quieren amordazar, otros afirman tener la solución a todos sus problemas. Mientras la concesión de hipotecas se endurece, la calle suda. Mientras se ofrecen ayudas oficiales para alquiler joven otros ponen topes a los abusos sin saber a ciencia cierta cuales son los límites dónde poner las fronteras. Pero sigue habiendo desahucios, cómo se falsean las cifras según sea el vocero, sigue habiendo escasez de vivienda pública para alquileres “asumibles”.
Todos quieren moldear (el corrector del ordenador se empeña en escribir: malear) el tema inmobiliario. Qué tendrá el ladrillo que ablanda corazones, desfonda bolsillos y endurece hasta el cemento. ¿Momento para vender, para comprar, para alquilar, para irse de vacaciones porque a la vuelta lo venderán tinto como reza el refrán?
El termómetro enrojece mientras la vivienda… ¿palidece? No es cierto, el mundo inmobiliario está en un buen momento a pesar de que hay especialistas en echar a la hormigonera cantos rodados de incertidumbre. Todos quieren esa competencia, posiblemente eso ha sucedido desde que el hombre abandonó la cueva harto de pasar frío buscando el calor del exterior. Pero tal vez se nos ha ido la mano…
Este verano es caluroso. Política y termómetro se han puesto de acuerdo para deshidratarnos. La vivienda espera que el otoño traiga nuevos apuntes como a los estudiantes al cambiar de curso. El dilema está en que casi nadie sabe cómo serán las asignaturas y ni tan siquiera si alguien progresará adecuadamente.
Las panaceas tienen sus riesgos.










