Estas líneas suelen contener, en ocasiones, cifras, datos, estadísticas, valoraciones, estudios basados en informes técnicos que, a pesar de ser reflejo de actividades humanas, encierran una sensación de falta de sensibilidad para nada buscada por sus autores.
Desde siempre se ha dicho, y pocos lo han negado, que los números son fríos y que cuando se caldean, nacen las crisis. Hoy estas líneas no encierran dígitos, aunque por desgracia, esos dígitos existen y su volumen va aumentando de día en día.
Sabemos cuántas personas viven solas, aquí, allí o un poco más lejos. Más solas que solos, con la compañía de los achaques que aporta la edad, su vivienda es trinchera y refugio, álbum de recuerdos y perchero de penas, habitaciones donde un rayo de sol es un tesoro cálido y un geranio es casi un bosque que habla de futuro entre un mañana nada claro.
Hoy no hay estadísticas, aunque existen, sabemos de los que vieron pasar los años como la puerta que, a falta de uso, chirría más cada día, están ahí, jugándole una partida de mus a la soledad, a todas las soledades, contando sus cuitas, o son descuitas, a la boticaria del barrio y a quien todos los días le vende la barra de pan que cada día parece que pesa menos y cuesta más.
Hoy, aquí y ahora, queremos otorgar un EKISERAMA DE HONOR a quienes, de manera silenciosa, humilde, sin esperar a cambio más que una sonrisa, acuden a esas viviendas que ya no tienen gritos de niños, sonrisas de adolescentes, vivencias maduras…solo nostalgia, concierto de bastón y un resto de memoria para saber cuándo toca tomarse la pastilla de la tensión.
Ekiserama de honor y aplauso de solidaridad. Suelen ser jóvenes que ayudan a bajar escaleras que nunca albergarán el concepto accesibilidad, paseos a media mañana si no llueve, un caldico caliente que anima la tripa y un abrazo sincero que nunca encierra un adiós sino un hasta luego.
No quieren ser líneas tristes, porque la vida es la vida, mitad tristeza y mitad alegría casi nunca a partes iguales. Hoy no hay datos, cifras, estadísticas. Hoy hay solo la sospecha de que ahí, en no saber paliar tantas soledades, es donde tenemos una auténtica burbuja, a plazo fijo y sin que nadie nos lea las condiciones de la hipoteca. Y los plazos corren, aunque todos nos neguemos a firmar el contrato.










