Así me espetó mi hijo ayer por la noche a la hora de cenar.
Le miré entre sorprendido y temeroso de no encontrar una respuesta acertada porque nuestros niños de hoy, no se conforman con cualquier cosa y hasta es posible que tengan razón en sus exigencias.
¿Me iba por la física y la química para explicar lo que la fantasía del ilusionista pone en las ferias de los pueblos? ¿Le hablaba de lo efímero de la realidad que cuando parece estar creciendo va y explota y la nada se hace la dueña de todo?
Dios mío, cuanta profundidad para tan sencillo dilema.
Verás, hijo, le dije, impostando la voz para dar sensación de docto profesor, una burbuja es algo que…sale del jabón líquido si se sopla mediante un tubo…el niño dejó de masticar y me miraba con los ojos cada vez más grandes… ¿Y por qué de jabón? ¿Y no puede ser de otra cosa? ¿Y por qué hay que soplar? ¿Y cuándo explota? ¿Y por qué unas burbujas son más grandes que otras? ¿Y tiene que ser de una marca concreta de jabón? …
Papá, tú que lo sabes todo ¿a qué huelen las burbujas? ¿y cuando se caen las burbujas al suelo se hacen daño? ¿Dónde van las burbujas cuando ya no las vemos?… mi hijo dejó el tenedor apoyado en el plato y con mirada inquisidora me disparó ¿y por qué no hacen ruido cuando explotan?…
Dejé de cenar, mi apetito tuvo el mismo final que una burbuja sobrealimentada. No se aun cómo se me ocurrió decirle que se lo explicaría al día siguiente camino del colegio. Era una manera de conseguir el tiempo necesario para consultar con el señor Google y quedar como una padre enciclopedia.
Me temo que el insomnio será mi acompañante esta noche y tendrá forma de burbuja. Se pasará horas engordando para no estallar hasta que suene el despertador.
Pero lo que si puedo asegurar ahora mismo es que si alguien, un día de estos, se acerca a mi mesa de trabajo en la inmobiliaria, y me pregunta si el año que viene se teme que haya una burbuja inmobiliaria, le lanzaré una mirada que no olvidará en su vida…va por ti, hijo, y por tus preguntas…










