Será porque estamos en tiempo de fiesta, de las fiestas de la luz, la suerte y las aglomeraciones. Será porque las reuniones familiares son el paradigma de los días para acercarse más a los que queremos y nos quieren.
Está ahí, quieto y mudo, vigía insomne de nuestros pasos, de todos los pasos y de todos los pesos, báscula discreta de comilonas navideñas, de equilibrios titubeantes porque el alcohol y la línea vertical riñeron hace años y aún no han hecho las paces.
El felpudo, dando la bienvenida al que llega en distintos idiomas y formas de gobierno. No tiene brazos, pero nos abraza, no tiene boca, pero nos sonríe. Pocos artilugios se han inventado para una vivienda que reúnan, sin necesidad de botones, un hola y un adiós según las horas y las personas, nadie acaricia con pasión y un pelín de lascivia a una puerta con tanta perseverancia como nuestro felpudo.
Abandonado, como mascota en verano, al cambiar de domicilio, nos dice adiós con lágrimas de esparto, al vernos desaparecer por última vez a la altura del rellano pensando, quizás, cómo serán los que le caigan ahora encima, nunca mejor dicho.
Rectángulo de dibujos coloristas, círculo beige donde dejar el polvo del camino, refugiar un llavero, o soltar adrenalina al sacudirlo. Testigo de cumpleaños, archivo de canas y de juegos infantiles, hay que inventar el día internacional del felpudo suponiendo que no exista ya.
Las hipotecas tienen que tener una rebaja si quienes la firman, se comprometen a nacionalizar ese trozo de hogar que siempre vive exiliado al otro lado de la puerta.
Enrollado sobre sí mismo como pergamino griego mientras se seca la escalera, oyendo al ascensor subir y bajar, como la Bolsa, o como su propio grosor a base de pisotones.
Perdonen Vdes, esta apología del felpudo, símbolo de practicidad y discreción. Estamos en días muy especiales, todo son villancicos y turrones, pero al pobre felpudo todo el mundo le da el aguinaldo a base de portazos.
El día que decidan montar una revolución, tendremos barricadas para entrar en casa. Tal vez solo entonces nos daremos cuenta que hay que evitar que los felpudos sean objetos perdidos en el museo de los recuerdos.
Hoy mismo siento el mío a la mesa, ¿le gustará el turrón?










