Desde la ocupación por las bravas hasta la expropiación solicitada por alguna formación política, desde los impuestos que hacen soñar con paraísos prohibidos a concejales de Hacienda hasta el recién estrenado Gobierno que habla de otra subida de tributación para aquellas viviendas de las que no se pueda acreditar que tienen vida humana y actividad habitual, tener una vivienda en propiedad y cerrada a cal y canto no solo va a suponer dejar de percibir unos ingresos nada despreciables, sino estar en el punto de mira de instituciones ávidas de recaudar y de particulares con necesidades habitacionales urgentes.
El mercado se ha movido con inteligencia en el mundo del alquiler, arbitrando medidas que garantizan, primero la inversión y, en segundo término, la rentabilidad. El propietario tiene en la actualidad, la casi total certeza que su vivienda alquilada no tiene por qué depararles ningún disgusto. Alquileres gestionados por entidades públicas o entre particulares gozan de garantías legales, coberturas de pólizas de seguros y asesoramiento profesional como para evitar riesgos y pleitos.
Invertir para alquilar con posterioridad es una práctica cada día más extendida. Una vivienda vacía, desde estas líneas lo hemos dicho en alguna ocasión, se deteriora con el tiempo y puede ser, como en las viejas historias que nos quitaban el sueño, escenarios de caza de brujas. Y aquí no cuelan los exorcismos.










