Los trampantojos se utilizan en la cocina, en el arte e incluso en arquitectura. No hace falta matricularse y aprobar (amén de asistir) a un par de masters para descifrar que su objetivo es engañar al ojo aparentando algo que no es. Así de fácil y de sencillo.
Las estadísticas inmobiliarias son lo que son, perdón por la obnosis, pero el trampantojo hay que buscarlo en las fuentes de información e incluso en la utilización que se hace de esas cifras. Los mismos dígitos sirven en un plazo de tiempo muy breve para aplaudir la curva ascendente del negocio como para advertir que estamos de nuevo al borde del precipicio, vamos, que las burbujas se están desparramando fuera de la botella de cava como lava en un volcán.
Hay muchas fuentes de información, aunque si escuchamos algunas voces autorizadas, algunas de esas fuentes aseguran que las estadísticas llegan con retraso, incluso con parsimonia, y no escribo con languidez porque me parece un término cargado de angustia vital.
El que compra, vende o alquila quiere, y quasi debe, tener a su alcance unos listados actualizados, de distintas fuentes, distintas instituciones relacionadas directamente con el mundo de la propiedad inmobiliaria y la construcción, e incluso con matices que les enriquecerán. Nunca hay que conformarse con una sola base de datos, por muchos sellos oficiales que atesoren y por muchos titulares de prensa que engendren.
Un profesional sabe jugar con esa baraja de posibilidades y está acostumbrado a calibrar posibilidades. El comprador, vendedor o alquilador siempre correrá el riesgo, o la necesidad, de interpretar las cifras según sus intereses, sin ver que más allá, o corren aguas bravas o hay un puente para salvarlas. Todo es cuestión de análisis con la cabeza fría, comparativa neutra y calculadora ajustada a la realidad.
Y aquí y ahora no valen los aficionados ni los que creen que los trampantojos, son riesgos del negocio. Es mucho lo que está en juego.










