Nos preocupa el mundo inmobiliario porque es nuestro mundo. Vivimos inmersos en él las veinticuatro horas del día para tener la última información, adelantarnos al futuro y solucionar las cuestiones que nos plantean nuestros clientes. Nos preocupa ser profesionales y observar algunas cuestiones que se nos cuelan entre los dedos como arena sin poder hacer nada, asiento de primera fila sin derecho a participar de manera activa más que como ciudadanos de a pie.
Alzar la voz y poco más. Nos preocupa escuchar a algunos clientes, con amistad consolidada a través del tiempo, cómo piden una solución urgente porque su vivienda, esa que están pagando euro a euro para la jubilación, está habitada por gentes que no conocen, con cerraduras que no abre su llave porque la cambiaron y con leyes que alambican el presente y enmarañan el futuro. Nos preocupa decirles que tienen razón en cantidad inversamente proporcional a la paciencia que todo el mundo les recomienda, nos ocupamos de explicarles que los relojes andarán más lentos a partir de ese momento, que perder los nervios no es una ocupación sin riesgo y que no conduce más que a complicar las cosas, que sigan pagando la hipoteca con la venda puesta en los ojos y que llorar de impotencia no es televisivo, pero está emocionalmente justificado y es recomendable.
Nos preokupa que haya familias que tengan que explicar balbuceando a sus hijos, por qué tienen que entrar en una vivienda que no es suya o vivir en la calle. Que la vida no siempre da las herramientas justas para ganársela a diario, que el paro y el hambre transforman mentes y actitudes, que las circunstancias cambiarán pronto y que todo volverá a ser como lo era antes. Colegio, comida, sonrisas, incluso vacaciones. Nos preokupa que las mafias hayan visto negocio y que siempre salgan perjudicados los mismos, de un lado y de otro.
Nos preokupan los que justifican a quienes, sin dar un palo al agua, pero si a la puerta que van a traspasar lo que para ellos será guarida porque nunca la sudarán con esfuerzo, porque la llenarán de carteles exigiendo a la sociedad unos derechos que nunca ellos se ganaron. Nos preokupan los políticos que gritan consignas desde la calle hasta que descubren que el funcionario judicial lleva los papeles de su propiedad. Entonces, y solo entonces, al okupa ni agua. Qué rabiosos nos ponemos para las fotos y cómo estorban las reivindicaciones cuando la propiedad okupada es la nuestra.
Nos preokupa que el periodo de elecciones paralice desahucios de desahucios, okupas de okupas, políticos que se olvidaron de buscar y firmar soluciones. Los servicios sociales, desbordados y sin medios, se ocuparán de los casos con la lentitud que marca el ritmo de la administración. Y mientras tanto, unos pagarán la hipoteca de un piso okupado, otros tendrán que okupar una vivienda por necesidad perentoria y otros, se cambiarán de acera para no mirar como las mafias convierten en carroña los sueños de muchas y buenas gentes.
Son muchas preocupaciones acumuladas, son muchas encrucijadas perversas, muchas llaves que no abren puertas porque estas preokupaciones son como las tormentas de verano, alivian el ambiente, pero lo llenan todo del barro de la riada.










