No sé hacer punto de arroz, el macramé no es lo mío y no me gano la vida con la abogacía. Pero tengo amigos abogados que me explican cómo el derecho tiene plaza de honor en el mundo inmobiliario y que en el futuro aún se van a definir mucho más las pautas legales por dónde deben transcurrir los derechos de los consumidores, de las empresas del sector y de quienes ganan dignamente su salario en esas mismas entidades.
Leyes nuevas, Alquileres, Hipotecaria y otras que se vislumbran en el horizonte, sin olvidarnos de todas aquellas que están en vigor. Hace unos años, no demasiados, la presencia de un letrado en una inmobiliaria era señal inequívoca de tormenta a bordo y pleito a la vista. Eran mayoría los casos donde las cuentas aparecían “emborronadas” y entre sumas y restas, eran los abogados los encargados de poner ley y orden para que el juez decidiese.
Sin haber perdido su esencia primigenia, un bufete asesora desde el primer momento, un alquiler, una compra e incluso una hipoteca cuando el solicitante ve sombras en la operación que está a punto de firmar. Y si quien esto lee piensa que estamos hablando de grandes operaciones inmobiliarias, se confunde de punta a punta. Los pequeños desembolsos de las economías humildes tienen la misma importancia, y a veces los mismos riesgos, que una gran inversión de una no menos gran empresa.
En las inmobiliarias, los abogados especializados, son aquellos que saben compaginar toga y buzo, arquitectura y contabilidad, y tienen siempre a mano un casco protector para evitar que un derrumbe imprevisto, le haga perder a su cliente noches de sueño y moneda de curso legal.
Lo dicho, nunca una al revés. La tranquilidad bien se merece dar una al derecho.










