Sentirse amordazado por alguien o por algo es una situación molesta, cuando no indignante. El argumento anterior no pretende invalidar la circunstancia de que, en ocasiones excepcionales, no existe otra solución que amordazar a la persona, al animal o a las cosas hasta conseguir que las aguas vuelvan a su cauce.
Aplicadas esas teorías al mundo inmobiliario, los alquileres “mordaza” serían los impuestos, si o si, por unas normas fijadas de antemano por instituciones oficiales mediante leyes o reglamentos de obligado cumplimiento. Y si bien es cierto, que hay alquileres que claman a la más primitiva de las éticas ciudadanas, no es más modesta la verdad que asegura que cuando la política en abstracto entra a degüello en un sector, las consecuencias suelen perjudicar a muchos y beneficiar a…
Tiene tirón electoral prometer, e incluso decretar, que las viviendas de alquiler van a ser sometidas a un riguroso control. Francia, Holanda, Suecia ya lo han hecho, ciudades como Nueva York o Berlín siguen la misma ruta con variopintos resultados que nunca merecieron el sobresaliente y si un suspenso en muchos casos. Surge el mercado negro, los inversionistas ponen rumbo a otros horizontes y ni la oferta ni la demanda se equilibran en un plazo de tiempo moderado.
El problema de los precios del alquiler es generalizado y principalmente sangrante en algunas ciudades como Madrid y Barcelona. Es cierto destacar que hay lugares donde esas políticas de regulación de precios, siempre de la mano de políticas de construcción de viviendas con destino exclusivo al alquiler social y de subvenciones oficiales y controladas para aquellos colectivos con problemas evidentes. El País Vasco es un ejemplo.
Una vez más se impone el diálogo antes que la mordaza y que en esas conversaciones estén representados todos los sectores implicados, el profesional inmobiliario es imprescindible, para consensuar unas conclusiones que no cambien, o se discutan, o se congelen, en la siguiente legislatura.
Nos jugamos mucho porque en el escenario hay muchas generaciones como actores principales. Y un actor amordazado hace sentir incómodo a todo el público, léase sociedad.










