Está de moda el vocablo. Para muchos es un sueño, casi una quimera. Para otros, un objetivo por el que luchar y diana de todas sus inquietudes. El diccionario lo define como la acción que permite a una persona acceder a un grado de autonomía por cese de la sujeción a alguna autoridad o potestad. Estoy hablando de emanciparse.
Todos hemos sentido alguna vez, o muchas, la necesidad de notar esa sensación de romper nuestra rutina, de tomar nuestras propias decisiones, de saber que lo que nos rodea nos pertenece, no tanto bajo el prisma de la propiedad sino del ejercicio de nuestra propia voluntad.
Se publican estadísticas de otros países donde la gente joven alcanza un alto nivel de emancipación a edades más tempranas. También en otros países fallecen antes, o sonríen menos, o disfrutan de más vacaciones.
Nos persiguen las estadísticas equiparativas, como si la felicidad o el dolor del prójimo nos sirviera de consuelo o envidia.
Dicen que la juventud es la dolencia que el tiempo se encarga de curar. Tal vez la pregunta más racional en estos momentos es plantearse si estamos haciendo lo sensato, lo práctico, lo posible, e incluso lo inteligente.
Hay que poner pasarelas a la emancipación inmobiliaria de nuestros jóvenes, pero debe ir aparejada con la emancipación laboral y económica que delimitan las pautas de un futuro que no tiene que ser obligatoriamente como el que vivieron generaciones anteriores.
Nos hemos acostumbrado a llevar mochila todos los días, antes era para salir al monte, pero las cosas evolucionan. Antes cerrábamos la puerta al irnos, ahora la domótica se encarga de hacerlo por nosotros. Cada ladrillo en la mochila es un paso más, se trata de elegirlos bien cocidos y si es posible, refractarios.
Nadie dijo nunca que la emancipación no nos pusiera al rojo vivo.










