Es difícil encontrar un sector de nuestro entorno donde reine la calma. Posiblemente es un tributo más que debemos pagar por haber construido una sociedad donde el progreso tiene tantas varas de medir como individuos la forman y así es difícil encontrar una medida que guste a una mayoría.
La vivienda, como elemental necesidad del ser humano viva donde viva y hable el idioma que hable, siempre ha sido, es y será, materia de doble filo, de especulación inhumana, de sacrificios que abarcan vidas enteras, de momentos felices por ser el mejor escenario de convivencia y porque su disfrute conlleva muchos alicientes de los que nadie quiere ni debe renunciar.
Noticias falsas o verdaderas, rumores envenenados con el fin de aniquilar al competidor, políticos que en aras del bien común dictaminan e imponen normas que son recurridas al día siguiente por falta de legalidad o, al menos, por legalidad dudosa.
El mundo inmobiliario, y no pensemos solo en constructores o promotores, contiene el aliento porque el cielo amenaza tormenta. Y no solo se trata de la lógica fluctuación del mercado, hoy vendemos más y mañana venderemos menos, sino de sembrar dudas acerca de la rentabilidad de las operaciones, procrastinar decisiones en las que se juegan muchos intereses, muchos puestos de trabajo, muchas empresas.
Berlín, y solo es un ejemplo, ha puesto en marcha en este mes bisiesto, la mordaza a los alquileres para los próximos cinco años. Los políticos que la han activado ya han dicho que son conscientes de que no es suficiente si no se complementa con otras medidas y la oposición ya ha recurrido la iniciativa ante los tribunales.
La juventud quiere emanciparse. Los alquileres son inasumibles para muchos bolsillos. Si hay que racionalizar los alquileres el sector inmobiliario tiene derecho a ser escuchado y valorar sus criterios por mor de la profesionalidad que les confiere su trayectoria, miles de trayectorias.
La pantalla echa chispas y esto no ha hecho más que empezar. Acerquen los extintores.










