Me miró como si dudase de que éramos amigos desde hacía mucho tiempo. Fue un encuentro fortuito en una cafetería, entre ruido de platos y tazas y murmullo matinal de conversaciones sin demasiado contenido. Me preguntó por mi familia y sin esperar respuesta ni coger aliento para respirar, me interrogó sobre mi quehacer profesional, si seguía en la inmobiliaria, si había sobrellevado bien la crisis, si me había integrado en alguna franquicia y si el horizonte tenía forma de grúa. Bueno, esto último no lo preguntó, pero por lo inquisitorial del momento, no dudo que lo hubiese encajado en el cuestionario. Adujo tener prisa, los problemas de agenda de los que ametrallan verbalmente son inherentes a su personalidad, y con gesto de croupier profesional, me lanzó una tarjeta de visita diciéndome al mismo tiempo: ya sé que la tienes porque somos amigos hace muchos años. Puse cara de no entiendo nada, pero la conservaré…en la papelera mientras mi interlocutor, voz de speaker polideportivo, me pedía, pedir…pedir…, me exigía que le enviase un contrato estándar porque tenía que alquilar o vender un apartamento. Fui inútil decirle que los contratos hay que personalizarlos, como los implantes dentales o los anillos de boda, la verdad es que pensé también en las esquelas, pero no era el momento de pormenorizar tanto y tan fúnebre. Y me miró, vaya que si me miró. James Bond nunca puso una mirada tan aviesa como la de mi amigo, o mi ex amigo. Insistí: hay muchos detalles antes de firmar, hay muchos pormenores que hay que tener en cuenta, un contrato de compraventa puede ser una pluma o una losa de cemento según se haga. Tomó el último sorbo, dejó el dinero justo de su consumición en la barra del bar y por un momento pensé que me iba a quitar la tarjeta de un manotazo. Se contuvo auto justificándose, hasta al mejor croupier se le escapa una mala carta. Soltó un hasta luego mezclado con un no te preocupes que lo bajaré de internet. Aprendí de las películas de Bogart a sonreír como lo hice en aquel instante pensando a qué botón le daría cuando el cuestionario se le quedase estrecho, ancho, claro, oscuro, corto, pequeño, sin matices y sin nadie a quien preguntar.
Si en esos líos no se suele meter, me refiero a lo personal, claro. Me gustaría acabar diciendo que tengo un amigo y un contrato más, pero no siempre en la actividad inmobiliaria, como en la vida, se termina comiendo perdices. Algunos se comen los argumentos y llaman al profesional que, aunque no sea amigo, sabe de qué va la película. Y suele ser el principio de una gran amistad…










