Se puede, y se debe, soñar con el futuro sin renunciar, para lo bueno y lo malo, a lo que dejamos sembrado en el pasado.
La juventud tiene unos derechos, también deberes, que debemos respetar escrupulosamente. Medio ambiente, ciudades razonables, cultura adaptada al tiempo que se vive, abanico de posibilidades abierto a que sea la propia juventud la que se beneficie de sus aciertos e intente remediar sus errores.
El mundo, como siempre ha sido, debe poner rumbo al horizonte generador de esperanzas, pero ¿qué se puede hacer con los que doblaron la esquina de la juventud?
Según el Instituto Nacional de Estadística en España hay 4.687.000 personas que viven solas, lo que supone un 25,4% de los hogares. Siguiendo con esa estadística de 2018, de esas personas que viven solas, voluntariamente o porque no tienen otra alternativa, 1.960.000 ya cumplieron los 65 años. Ahí, sin ser Houston, tenemos un problema.
Pensiones que muchas veces no alcanzan ni para llegar a fin de mes, dificultades para obtener una plaza concertada. No querer terminar viviendo en un geriátrico porque aún se conservan fuerzas para ser válido por uno mismo. No es necesario seguir desgranando circunstancias porque creo que son conocidas por todos.
Están naciendo plataformas para buscar soluciones. Se están agrupando personas que tienen esa preocupación común de cómo afrontar la vida cuando la juventud empieza a desdibujarse para dar paso a otra senda que no tiene que ser menos atractiva.
Solteros, viudas, matrimonios, que quieren vivir con independencia mancomunada y huir de la soledad buscando en sus vecinos esa sonrisa cercana, ese estar cerca en una urgencia o para celebrar un cumpleaños.
Y en los buzones poner un cartel bien visible que diga: soledades, abstenerse.










